Dr. Lorenzo Reyes Bozo, Decano Facultad de Ingeniería y Negocios, Universidad de Las Américas
Durante el reciente ciclo estacional, Chile ha enfrentado una inusual coexistencia de eventos climáticos extremos: lluvias intensas en pleno periodo estival, inundaciones y aludes en zonas precordilleranas, olas de calor persistentes, récords de temperatura e incendios forestales de gran magnitud en otras regiones del país. Estos fenómenos, que anteriormente se consideraban excepcionales o aislados, hoy ocurren con mayor frecuencia e intensidad, reflejando una variabilidad climática exacerbada que altera los regímenes hidrológicos y térmicos tradicionales. Las precipitaciones asociadas a sistemas frontales y ríos atmosféricos han superado la capacidad de infiltración de los suelos, mientras que la combinación de sequías prolongadas y altas temperaturas ha incrementado de forma significativa el riesgo y la severidad de los incendios forestales.
Desde una perspectiva científica, estos extremos no pueden disociarse de la crisis climática global y sus expresiones regionales. El cambio climático intensifica los ciclos de humedad y sequedad, modifica los patrones de temperatura y altera la dinámica de fenómenos como El Niño y La Niña, aumentando la probabilidad tanto de lluvias torrenciales como de sequías prolongadas, un comportamiento que Chile viene observando desde hace varios años.
Este conjunto de fenómenos extremos (inundaciones, remociones en masa, calor extremo e incendios forestales) constituye una evidencia robusta de que Chile ya está experimentando los impactos del cambio climático, con profundas implicancias ambientales, sociales y económicas. No se trata de escenarios futuros, sino de una realidad presente que afecta la seguridad de las personas, la infraestructura, los ecosistemas y las actividades productivas.
Frente a este desafío, resulta imprescindible articular con urgencia estrategias integradas de mitigación y adaptación. A nivel internacional, las buenas prácticas han demostrado la eficacia de combinar la reducción sostenida de emisiones de gases de efecto invernadero con políticas de gestión del riesgo de desastres, el fortalecimiento de sistemas de alerta temprana y la planificación territorial resiliente.
Asimismo, la restauración de ecosistemas, la gestión integrada de cuencas y la implementación de soluciones basadas en la naturaleza, como la reforestación con especies nativas y la protección de humedales, emergen como herramientas clave para reducir la vulnerabilidad frente a eventos extremos. Respaldadas por la evidencia científica, estas acciones no solo son una respuesta técnica al cambio climático, sino también un imperativo para transitar hacia un futuro más seguro y sostenible.
































