La escena ocurrió cerca de la medianoche, en la última jornada de negociaciones del Órgano Rector del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (TIRFAA). Tras seis días de debates intensos, del 24 al 29 de noviembre de 2025, los delegados confirmaron lo que muchos temían: el GB11 concluía sin acuerdo. Más que un traspié diplomático, el desenlace dejó al descubierto una crisis profunda del multilateralismo en la gobernanza global de las semillas.

El objetivo central del encuentro era modernizar el Sistema Multilateral (SML) que regula el acceso a los recursos genéticos vegetales y la distribución de beneficios derivados de su uso. Sin embargo, las negociaciones se estancaron en un contexto marcado por la fragmentación geopolítica, la creciente defensa de la soberanía nacional y la dificultad de alcanzar compromisos colectivos en un escenario global cada vez más polarizado.

La falta de consensos resulta especialmente crítica cuando la agricultura mundial enfrenta variabilidad climática extrema, presión de plagas emergentes y una demanda creciente de producción sostenible de alimentos. Para los programas de mejoramiento vegetal, el acceso fluido a la diversidad genética es un insumo estratégico para sostener la innovación, la productividad y la seguridad alimentaria global.

En Lima debían resolverse tres cuestiones clave: la ampliación del Anexo I del Tratado para reflejar la realidad biológica actual; el abordaje de la Información Digital de Secuencias (DSI), fundamental en la era de la biotecnología y la agricultura digital; y la definición de un mecanismo predecible y equitativo de distribución de beneficios. Ninguno de estos puntos logró destrabar posiciones históricamente enfrentadas.

Un grupo de países desarrollados impulsó la adopción inmediata del Acuerdo Estándar de Transferencia de Material revisado, mientras que naciones de África y América Latina reclamaron reabrir el texto, vinculándolo a debates más amplios sobre equidadderechos de los agricultores y control sobre los recursos genéticos. Incluso la propuesta de «congelar» el acuerdo para avanzar en instancias técnicas fracasó, evidenciando que sin consenso político no hay procedimiento que alcance.

Para el sector de semillas y las cadenas de valor agroalimentarias, las consecuencias son concretas: investigación más lentamayor incertidumbre regulatoriaacceso restringido a germoplasma clave y un escenario menos atractivo para la inversión en innovación. Sin un SML actualizado, crece el riesgo de avanzar hacia acuerdos bilaterales, mayores costos de transacción y una gobernanza fragmentada que beneficia solo a quienes pueden absorber la complejidad normativa.

El fracaso de Lima se inscribe en una tendencia más amplia de debilitamiento de la cooperación multilateral, visible también en ámbitos como el comercio y el clima. Organismos como la FAO, el IICA y la OMC vienen advirtiendo sobre la necesidad de reglas globales más previsibles y adaptadas a los desafíos actuales.

El GB11 fue, en definitiva, una señal de alerta. El multilateralismo agrícola no ha muerto, pero atraviesa un momento crítico. En un contexto de creciente presión sobre los sistemas productivos y la seguridad alimentaria mundial, la falta de acuerdos ya no es solo un problema diplomático: es un riesgo estratégico para el futuro del agro global.

Fuente: agrolatam.com

 

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Equipo Prensa
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