Chile se ha convertido en un verdadero laboratorio natural de adaptación climática. Y si existe una región donde la urgencia climática, la presión productiva y la oportunidad de innovación convergen de manera excepcional, esa es la Región de Coquimbo y el Valle del Aconcagua, en la Región de Valparaíso.
La Región de Coquimbo y la zona de Aconcagua en la Región de Valparaíso son unas zonas única de transición agroclimática, donde conviven condiciones semiáridas y mediterráneas bajo un escenario de estrés hídrico extremo sostenido y una agricultura intensiva en rápida expansión. En términos simples, lo que hoy ocurre en estas zonas, anticipa los desafíos que muchos territorios productivos del mundo enfrentarán en los próximos 10 a 20 años.
Este contexto no solo exige soluciones: habilita algo que pocas regiones pueden ofrecer al mismo tiempo: validación en condiciones reales. Tanto Coquimbo como Aconcagua proporcionan un entorno donde es posible desplegar pilotos exigentes en adaptación de cultivos, gestión del agua y eficiencia operativa bajo restricciones reales, generando resultados medibles con potencial de replicabilidad regional y global.
Para fondos de inversión de impacto y climate-tech del Caribe, Centroamérica y otras regiones altamente vulnerables al cambio climático, invertir en Chile —y en particular en la Región de Coquimbo y el Valle del Aconcagua— significa invertir en conocimiento transferible: soluciones probadas en condiciones extremas, diseñadas para operar con limitaciones reales como escasez hídrica, conectividad intermitente, capital limitado y capacidades técnicas acotadas, y escalables a territorios con características similares.
Según Maximiliano Morales, ingeniero agrónomo y asesor en proyectos estratégicos de AgTech, FinTech, BioTech y WaterTech —quien además lidera iniciativas de rescate genético de vides europeas en Chile de mas de 100 años—, las principales áreas de oportunidad para pilotos de alto impacto incluyen la adaptación de cultivos y variedades bajo estrés hídrico severo, la automatización y eficiencia en sistemas de riego y microclima, gestión inteligente del agua y resiliencia productiva, la integración de pequeños y medianos productores en modelos sostenibles y la innovación aplicada: inteligencia artificial y control a nivel de campo.
En el norte de Chile, un esfuerzo tecnológico creciente está abordando directamente el desafío central: transformar la variabilidad climática diaria en operaciones agrícolas estables y medibles, que la empresa de Ovalle de Imbert Labs está enfrentando mediante la creación de una plataforma tecnológica Plug & Play para la automatización, el control y la toma de decisiones en invernaderos operados por pequeños y medianos productores. Su enfoque es ciberfísico y edge-first, integrando sensores, PLCs (control industrial seguro), edge computing y agentes de inteligencia artificial específicos por dominio, diseñados para operar incluso con conectividad intermitente.
La fortaleza de Chile y los agricultores de regiones como Coquimbo es que están abiertos a realizar pilotos comerciales para adaptar nuevos cultivonos para luego extenderlos en otros territorios, además de que debido al alto consumo de restaurantes de alta gama en Chile, se pueden rescatar frutos, hierbas y otros cultivos que están en peligro de extinción, desafíos que si se logran articular de forma adecuada, podrían postular a fondos concursables públicos.
Este tipo de innovación posiciona a Chile como un hub de innovación agroclimática orientado a resultados, enfocado en impacto medible más que en promesas. A esto se suma el caso de Rapa Nui (Isla de Pascua), un territorio aislado que funciona como laboratorio natural de sostenibilidad en sistemas cerrados, ideal para explorar seguridad alimentaria, eficiencia en el uso de recursos y modelos de adopción tecnológica culturalmente pertinentes.
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